Cierto día, pasados muchos años de estos trágicos sucesos un joven escudero perseguido por el látigo de su amo, corrió a refugiarse en la espesura del bosque, adentrándose en la profundidad del mismo, atento cual presa que huye de su cazador; tan absorto estaba que no se percató que la noche se cernía sobre el bosque y le sería imposible encontrar la salida de su salvación, su pasaporte a la libertad se tornaba en la jaula que lo mantendría preso, perdido y al abrigo de miradas salvajes y feroces que habitan en la oscuridad de la noche.

Desorientado, confuso, famélico y temeroso por su propia vida, vagó tres días y tres noches por las profundidades del frondoso bosque, dando eternos rodeos que lo conducían una y otra vez al punto de partida. Cuando ya sus piernas agotadas y heridas no soportaban su propio peso, decidió rendirse y dejarse acunar en el seno del bosque, el mismo que le había ofrecido resguardo de su captor sería su eterno lugar de descanso, allí reposaría su cuerpo inerte, quien sabe hasta cuando, quizás alguien lo encontrara tarde o temprano, más no contaba con ello, había tenido que averiguar por la fuerza la ferocidad de los que allí moraban, y sabía que estos no dejarían un banquete como aquel a la ligera.

Atormentado y sobrecogido el joven Ariel, se dejó vencer por el abrazo de Morfeo ofreciendo su alma a Cristo y su cuerpo a la carroña que con tanto celo lo había estado observando estos tres días de incesable lucha por su existencia. Sin embargo, cuando él pensaba que tan sólo había dormido escasos minutos un roce terso y frío como un copo de nieve lo despertó.
Ante sus ojos se hallaba la joven Paula, quien a pesar de los años transcurridos seguía manteniendo el mismo aspecto de aquella trágica noche en la que desapareció